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6 JUNIO, 2020 POR GIPA

La Belleza en la arquitectura.

 

¿Quieres diseñar sitios hermosos? ¡Tú puedes!. Pero no empieces tratando de definir la “belleza”, es un callejón sin salida. Frecuentemente se afirma que “la belleza está en el ojo del que la observa”. Mejor aún, traduce ese punto de vista del siglo XIX a términos propios del siglo XX: Un encuentro con un entorno edilicio atrapa no solo la mirada, sino a todos los sentidos interactuantes y al resto de la mente y cuerpo también. Al final, lo que importa al observante – lo que atrapa su atención y que será lo que recuerde – es la inmersión en cuerpo y alma en una experiencia emocional, social, práctica y estéticamente integral.

“Belleza” es una cualidad del lugar mismo, de hecho, es lo que los individuos, por mismos en una cultura o una comunidad, aceptan que está de moda. La Belleza es local, en términos tanto de lugar como temporales, es por eso que ha sido definida de tantas maneras a lo largo del tiempo.

 

 

El punto importante para un diseñador es:  compartimos un pasado evolutivo. Nuestros orígenes biológicos se encarnan y enriquecen a lo largo de generaciones de aprendizaje y experiencia cultural,  juntos han creado un núcleo de valores, deseos, capacidades, instintos y estrategias humanas que nos mantienen vivos, seguros, orientados, aprendiendo, y creciendo, creando culturas coherentes y arquitecturas e ideologías globales. Piensen acerca de la Grecia clásica y la Roma imperial, que han inspirado admiración e imitación a lo largo de continentes y milenios, atravesando revoluciones y cambios generacionales.

 

Cuando inicias con un diseño, vives ese núcleo compartido, evolucionado, de cualidades, predisposiciones y preferencias humanas para construir de una manera específica. Sus orígenes son las estrategias de supervivencia, desarrolladas por milenios, pero se aprecia ese proceso en acción en el presente, cuando, como una comunidad, encontramos soluciones de diseño para las nuevas amenazas que descubrimos, llámese sustentabilidad (para salvar al planeta), seguridad urbana (para reducir la criminalidad), elevación de los niveles marítimos (para salvar comunidades costeras), o pandemias (para salvarnos de enfermedades). Nos adaptamos continuamente, construyendo de una forma y no de otra, y todavía se trata de “supervivencia”.

 

Aún más, según evolucionamos, pensamos y actuamos de maneras que aumentan nuestras probabilidades en la competencia para sobrevivir, y avanzar, en el día a día, mejorando nuestras vidas. Más allá de meramente sobrevivir, prosperamos y civilizamos.

 

Tendemos a hablar de la belleza y del placer estético de manera aislada, pero como experiencias están ligados a otras capacidades humanas más fundamentales y a las estrategias de supervivencia innatas. Eso es lo que alimenta su poder. Las descripciones de la belleza se pueden encontrar en todo el rango de experiencias y actividades creativas humanas. Se encuentra en el corazón de las artes, donde artistas, actores o músicos privilegiados pueden traer su más profundas emociones a la superficie y evocar una experiencia emotiva en su público, transportándolos fuera de su mundo habitual a otro diferente.

 

 

Rutinariamente describimos un edificio en términos antropomórficos: piel, esqueleto, el ‘semblante’ facial, gestos o ‘lenguaje corporal’, y realizamos nuestros juicios iniciales. Buscamos una atmosfera humana, un estado de ánimo o una actitud: cálido y atrayente, agresivo, alejado, dignificado, vivaz, sensible. Buscamos la unidad del cuerpo, una composición con partes y proporciones armonizadas paralelas a nosotros mismos, y esperamos encontrar un corazón, centros, delimitaciones, y jerarquías de tamaño, peso, riqueza y ubicación, todas cual nosotros mismos y nuestro entorno, para que podamos “leer” historias del lugar, simplificando su complejidad para acomodar un orden y relacionando el lugar a la narrativa de nuestra vida.

 

Aún más, tendemos a admirar los lugares donde sentimos las cualidades que los individuos han necesitado para sobrevivir y prosperar o trascender sus limitaciones: energía, entusiasmo espiritual, durabilidad, autenticidad, integridad, vitalidad, optimismo.

 

 

Está presente dondequiera hoy día. Basta mirar como las empresas construyen su “marca” (branding) empleando arquitectura y paisajismo. Inducen a su público para que atribuya cualidades esencialmente humanas o naturales a sus productos inanimados o a su identidad corporativa: competencia, creatividad, glamour, refinamiento, compasión. Y eso es lo que “compramos”, también en la arquitectura, para realzar nuestra identidad percibida.

 

Además de la presencia escultural y espacial, de un lugar, existe placer al reconocer la excelencia de su ejecución, en materiales finos, en ingenio excepcional, en calidad de acabados, o adecuación a su propósito. Pensamos “no juzgues al libro por su cubierta” y llamamos “bello” a lo funcional y a la ingeniería eficiente, a los costos optimizados, a los “ideales encarnados”, y a soluciones a problemas complejos de ingeniería, las ciencias y las matemáticas.

 

Los lugares que construimos son como cómplices de nuestras vidas, y cuando despiertan la satisfactoria química de pertenencia y liga con una comunidad, de apropiación, las incorporamos a la narrativa de nuestras vidas diciendo: es Bello.

 

En otras palabras, si quieres diseñar lugares “bellos”, primero has lo que probablemente siempre haces: da una mirada al como el conjunto local de gente o culturas definen “belleza”, que hay en su etnicismo, historia, o su mundo contemporáneo, que estimula sus experiencias estéticas en el presente. Pero eso claramente no basta. Dale una mirada a las dimensiones de la belleza que encontramos en los lugares que construimos. Entonces, adicionalmente, si entiendes los orígenes compartidos, evolutivos, del placer estético en el aquí y ahora, que sustentan e impulsan nuestras visiones individuales de belleza, podrás liberar tus sentidos en la búsqueda y exploración de nuevos territorios, abriendo nuevas oportunidades para innovar y para tu creatividad latente. Podrás encontrar la Belleza.

 

Con la vista puesta al cielo.

 

Con los pies en la tierra.